
La esposa de Julián había sido clara: "Contraté a alguien para ayudarte con la limpieza. Viene tres veces por semana. No quiero que toques nada, ¿ok?"
Y entonces llegó Camila.
Veintisiete años, dominicana, con un cuerpo de escándalo: curvas marcadas, culo alto y firme, cintura apretada en un uniforme blanco que apenas le cerraba. Tenía labios gruesos, piel canela, pechos que rebotaban sin sostén y una forma de caminar que hacía ruido en la cabeza. No en el piso.
La primera vez que la vio, Julián solo atinó a saludar. La segunda, se distrajo tanto que casi se corta afeitándose. La tercera… ya no pudo disimular.
Camila se agachaba para limpiar y el vestido se le subía, dejando ver su tanga de hilo y esas nalgas perfectas. Lo miraba con picardía, conociendo bien el efecto que causaba. Una tarde, mientras la esposa salía de compras, la casa quedó en silencio.
Y la tensión se volvió insostenible.
—¿Necesita algo, señor Julián? —dijo Camila, mordiéndose el labio.
—Sí… que dejes de provocarme.
Ella sonrió, y se acercó con movimientos lentos. Le tomó la mano y la guió directo a su culo.
—¿Le molesta si limpio sin calzón?
—No… al contrario.
Ella se bajó el vestido. No llevaba nada debajo. Sus tetas cayeron libres, grandes, morenas, con pezones oscuros, duros.

—¿Y si me da una mano, patrón? —dijo, bajándole el cierre del pantalón.
Su pija saltó dura al instante. Camila se arrodilló y la agarró con ambas manos.
—Mmm… esto no se limpia, se mama —murmuró, antes de metérsela hasta la garganta.
Le chupaba la pija con fuerza, babeándola, jadeando, mientras lo miraba desde abajo con los ojos llenos de lujuria. Julián no podía creerlo.
—Puta madre… vas a volverme loco.
—Entonces cógeme —dijo ella, poniéndose de espaldas en la mesa del comedor.
Él le abrió las nalgas y le metió la pija entera de un solo golpe. Camila gritó:
—¡Sí, coño! ¡Así mismo! ¡Dame, papi!
El sonido de las embestidas llenaba la casa. Julián le daba con todo, agarrándola del pelo, de las caderas, hundiéndose en esa concha mojada que lo apretaba con hambre.
—¡No pares! ¡Métemela toda! ¡Rómpeme el culo si quieres!
Él la levantó, la puso de rodillas, escupió su culo y se lo metió. Camila se arqueó de placer:
—¡Sigue! ¡Cogeme por donde quieras! ¡Hazme tuya!
La cogió salvaje por atrás, dándole nalgadas, mientras ella se venía gritando. Él acabó adentro, profundo, descargando todo.
Ambos quedaron jadeando, sudados, desnudos en el comedor.
Ella lo miró y sonrió.
—Parece que voy a tener que venir todos los días, patrón…

Camila ya no era una simple empleada. Era la puta personal de Julián. Lo sabía, y le encantaba.
Desde aquel primer polvo brutal en el comedor, el patrón no podía dejar de pensar en ella: en su culo enorme, su boca caliente, ese acento dominicano que lo volvía loco cuando gemía “¡métemela, papi!”.
Esa mañana, la esposa se había ido al spa. Camila lo esperaba en la sala, sentada en el sillón completamente desnuda, con las piernas abiertas y un dildo negro entre los dedos.

—Hoy mando yo —le dijo sin moverse—. Quiero sentirte y que me llenes por todos lados.
Julián se quedó helado. Ella se levantó, caminó hasta él y lo empujó al sillón. Le sacó el cinturón y le bajó los pantalones, dejando su pija dura al aire.
—Mmm… esta pinga me pertenece ya —dijo, y se la tragó entera como una experta.
Chupó con fuerza, haciendo ruidos obscenos, mientras se tocaba el clítoris con la otra mano. Luego se subió sobre él, se la metió en la concha de un solo empujón, y comenzó a cabalgarlo como una yegua en celo.
—¡Sí, papi! ¡Dame esa leche! ¡Llena esta concha como te gusta!
Pero no era suficiente. Camila se inclinó hacia adelante, agarró el dildo, lo escupió y lo colocó en su culo lentamente, mientras la pija real la llenaba desde abajo.
—¡Me estoy cogiendo dos pijas, patrón! ¡Tuya y esta otra! ¡Soy tu puta! ¡Usame!

Julián no podía creerlo. La miraba moverse, con ambos agujeros llenos, gimiendo como una endemoniada, chorreando por los muslos, sudando. Le agarró las tetas enormes, se las mordió con fuerza. Ella lo arañó con las uñas en el pecho.
—¡Más fuerte! ¡Escúpeme, pégame si quieres! ¡Estoy tuya, joder!
Él la bajó al piso, la puso en cuatro y la cogió por el culo con furia, mientras ella se metía el dildo otra vez en la concha. Los dos estaban locos. Era puro instinto, puro deseo sin reglas.

Camila se vino con un grito desgarrador, temblando como nunca. Julián acabó segundos después, enterrado hasta el fondo, llenándola por dentro.
Ambos quedaron tirados en el piso, destruidos, jadeando.
Camila se limpió los labios con los dedos y le sonrió.
Eran las 7:40 de la mañana. Julián se metió a la ducha antes de ir a trabajar. Agua caliente, ojos cerrados, cabeza llena de imágenes sucias de Camila.
No la había visto ese día. Su esposa dormía arriba. Todo en calma.
Hasta que escuchó la puerta del baño abrirse… y luego cerrarse con seguro.
Abrió los ojos. Ahí estaba ella.
Camila.
Desnuda. Mojada. Cuerpo brillando con el vapor. Cabello recogido. Tatuaje sobre la cadera. Y esa sonrisa de diabla que ya conocía.
—Buenos días, patrón… vengo a ayudarle a lavar esa pija. —dijo, entrando con él a la ducha sin esperar permiso.

Julián no dijo nada. Su pija ya se estaba endureciendo solo al verla.
Ella se arrodilló sin hablar más, lo miró desde abajo, y empezó a lamerle los huevos con la lengua caliente, despacio, provocadora. Luego subió hasta la punta, y se la metió toda en la boca, profunda, directa.
—Mmm... está rica como siempre. Pero hay que lavarla más a fondo —jadeó, mientras lo babeaba hasta el abdomen.
Julián apoyó una mano en la pared. Ella lo estaba dejando sin aire.
Camila se dio vuelta, apoyó las manos contra la cerámica y levantó el culo.
—Ahora enjabonámelo vos, patrón… y metemela mientras lo hacés.
Le pasó el jabón por las nalgas grandes, redondas, perfectas. Luego la escupió y la penetró con un solo movimiento. Su concha estaba tan mojada como el agua que caía.
—¡Ay sí, así mismo! ¡Cogeme duro, que el agua disimula los ruidos!
La cogía con fuerza, dándole nalgadas, haciendo que el sonido de sus cuerpos chocando resonara con el agua cayendo. Camila gemía salvaje, como si le encantara ser usada ahí mismo, en la ducha de la casa de su jefa.

—¡Metemela más, más profundo! ¡Me vengo otra vez, carajo!
Julián la levantó, la puso contra la pared, y le levantó una pierna. Le metió los dedos en el culo y la pija en la concha, al mismo tiempo. Camila gritaba ahogada de placer.
—¡Me estoy viniendo, papi! ¡Llena esta puta, llename toda!
Él se corrió adentro, con una descarga intensa, mientras ella temblaba con la cabeza apoyada en su pecho.
Se quedaron ahí, mojados, sudados, jadeando.
Camila lo miró y le dijo:
—Hoy limpiaste vos, patrón. Pero esta noche… me toca ensuciarme otra vez.
Le guiñó el ojo y salió de la ducha desnuda, dejando marcas de agua por todo el pasillo.
Julián llegó temprano a casa. No tenía por qué, pero algo lo empujó a volver antes. Silencio. El auto de su esposa estaba en el garaje. Camila también debía estar. Pero no se oía nada.
Subió las escaleras. El dormitorio tenía la puerta entreabierta. Escuchó algo. Un gemido. Su corazón se aceleró.
Empujó la puerta con suavidad… y se quedó de piedra.
Ahí estaban: Camila y su esposa, Victoria, desnudas, los cuerpos enredados, besándose profundo, con las piernas abiertas. Camila tenía la boca entre las piernas de Victoria, lamiéndola con ganas, y su mujer gemía con los ojos cerrados.

—¿Pero qué carajo…? —dijo Julián, incrédulo.
Victoria lo miró sin espanto. Al contrario. Sonrió, con el rostro enrojecido por el placer.
—Cerrá la puerta, amor… estábamos esperándote.
Camila levantó la cabeza, con la boca brillante, y le guiñó un ojo.
—Ahora falta la pija del patrón para que esto termine de ser perfecto.
Julián no lo pensó más. Se sacó la ropa como un loco. Su esposa lo miraba con deseo como si fuera otro hombre. Camila se abrió de piernas y lo invitó con la mano:

—Metémela ya, papi. Me hiciste puta… ahora quiero que nos cojas a las dos.
Julián se subió a la cama y la penetró sin aviso. Camila gritó de placer, mientras Victoria la besaba en la boca, lamiéndole los pezones.
—¡Así! ¡Rómpemela como siempre! ¡Delante de tu esposa! —gemía Camila.
Victoria se masturbaba mientras los miraba coger. Luego, se puso de rodillas y le ofreció su culo a Julián.
—Ahora yo. Quiero que me cojas mientras ella me lame.
Camila se colocó detrás de Victoria, le abrió las nalgas y empezó a lamerle el ano con movimientos sucios. Julián no resistió más y se lo metió a su esposa por atrás, con fuerza. Victoria gemía como nunca antes.
—¡Sí! ¡Cogeme e! ¡Haceme mierda mientras mi mucama me chupa el culo!
Era un festival de piel, sudor, gritos ahogados, sexo sin reglas. Julián se corrió adentro de su mujer, mientras Camila seguía lamiéndola como una perra en celo. Luego, cambiaron: la esposa se la metió con un dildo a Camila, mientras Julián volvía a cogerla por la boca.
Se corrieron una y otra vez. Sobre la cama, en el suelo, en la pared. Hasta quedar los tres destruidos, jadeando, abrazados en una mezcla de cuerpos mojados y olor a sexo.
Victoria sonrió, satisfecha.
—Creo que vamos a necesitar que Camila se quede a vivir con nosotros.
Camila rio, agotada.
—Yo solo vine a limpiar… pero ahora me ensucio con gusto.
Julián los abrazó a las dos, sin poder creer lo que había pasado. Pero sabía una cosa:
no había final más perfecto que ese.


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